Venganza de pistolero by M. L. Estefanía

Venganza de pistolero by M. L. Estefanía

autor:M. L. Estefanía
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Aventuras, Relato
publicado: 1998-01-31T23:00:00+00:00


CAPÍTULO VII

Muy furioso estaba Wilkes, pero mucho más que él lo estaba Emily.

—Ya sabía yo —dijo— que Clarke no era todo lo fuerte que es necesario para destrozar a ese muchacho en una paliza.

Tendrá que hacerlo con las armas.

—Tan pronto como Clarke vuelva en sí, dejará de existir ese muchacho —dijo Bronwell.

Theresa acercóse a Davis con un pañuelo mojado en whisky, para restañar las heridas con que resultó también a consecuencia de los golpes de Clarke.

—Deja a ese muchacho y atiende a esos clientes —chilló Emily.

—No quiero —respondió decidida Theresa.

Pero la muchacha se sintió alejada de allí.

Era su padre, quien, cogiéndola de la cintura, la llevó en volandas.

—No tenías esta decisión cuando ese hombre trataba de besarme —le dijo.

—Clarke es un hombre peligroso.

—Ya habéis visto con qué facilidad le ha derrotado Davis. —Ya veremos cuando vuelva en sí. Entonces serán las armas las que intervengan.

—No creas que él es manco —replicó entusiasmada Theresa—. Venga, venga. No ha pasado nada —dijo Emily—. Podéis seguir bebiendo y bailando.

Clarke empezaba a volver en sí, ayudado por sus hombres.

Sacudió varias veces la cabeza y al fin declaró:

—Creo que me han pegado una buena paliza y que estaba necesitando. Ahora ya sé que no soy el único que posee una fuerza extraordinaria. Recuerdo que me levantó ese muchacho como si fuese un muñeco.

No comprendían los que escuchaban este modo de hablar. —Supo aprovechar ciertas ventajas de sorpresa y habilidad— dijo Bronwell queriendo justificar a su amigo y jefe.

—No. Hay que reconocer que no hubo ventaja. Ha peleado con nobleza y me ha derrotado limpiamente. No es agradable convencerse de ello, pero me agrada ser sincero. —Con las armas no será lo mismo— dijo Alexander.

—No pienso pelear más con él y conste que no le tengo miedo. Le admiro y no quisiera tener que matarle. —Lo que sucede es que le has tomado miedo— dijo con mala intención Emily.

—Tú sabes, Emily, que no tengo miedo a nadie. No es miedo. Fui yo quien aseguró que le iba a destrozar y reconozco que si yo hubiera triunfado le habría… matado. Él ha podido hacer lo mismo conmigo y no lo ha hecho. Le estoy agradecido. Los que escuchaban se miraban asombrados y sin dar crédito a sus oídos.

—No es posible que hables en serio —dijo Bronwell.

—Pues lo estoy haciendo como nunca, ya lo creo. —Aquí tenéis al hombre que todos temíais. ¡Está asustado de ese muchacho!

Clarke miró a Emily a través de sus párpados hinchados y echóse a reír.

—No conseguirás lo que te propones. Yo no te hago el juego, Emily. Tú sabrás por qué odias a ese muchacho.

—Ahora —dijo Davis— voy a cumplir mi promesa.

Acercóse a Emily, que no se movió.

La cogió por la cintura y sin la menor oposición de ella la azotó ante todos.

—Acabas de firmar tu sentencia de muerte —dijo ella con un rugido en la voz.

—No me asustan tus bravatas.

Pero esta vez Davis sintió verdadero miedo.

No temía por él tanto como por Theresa, que sería la que sufriera las consecuencias.

—¡Eso sí que es una cobardía! —gritó Alexander.



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